obra nº 4 - imprimir
Frágil
“... los simbolismos se desecan,
despiertan los recicladores...”
Personajes:
Voz, Pidigul, viejo, voz de niño, voces de niños
Una habitación en penumbra, al parecer se trata de una buhardilla o cuartucho muy desordenado, lleno de trastos y enseres llenos de polvo. Un arcón está abierto y los restos de una estatua irreconocible yacen desparramados delante de este. Detrás del arcón una mecedora oscila con tranquilidad pero sin parar un momento; una voz quebrada por la edad, marchita, o simplemente demasiado baja y engolada, parece entonar una salmodia, una cántiga apenas audible que tiene tintes de canción de cuna venida a menos.
Voz: Mmm... mmm... encerraste los ojos... boca fría... mmm... cuerpo frágil... mmm... te rompiste... roto... y te quedaste mirando, mirando... mmm...
De la parte trasera de la mecedora asoma una cabeza, un rostro blanco con un sombrero puntiagudo, los labios dibujan una sonrisa roja, exagerada y los ojos están expresivamente abiertos. El personaje se desplaza hasta la parte delantera de la mecedora y la mira con una curiosidad pícara, mientras, hace gestos con las manos ante la cabeza gacha del hombre que resta postrado en ella. (Pidigul, se mueve de manera muy atlética y ágil, con saltitos y giros, casi de muñeco de resorte).
Pidigul: Hace tiempo... tiempo, viejo. Demasiado has pasado entre lamentos aquí. Siempre aquí. Con mis ojos de cristal te he visto. No sé quien soy, no sé quien eres, pero viejo, viejo, parece que ha pasado una eternidad. (Se acerca otra vez al viejo y le sacude un poco el polvo de las solapas, le arregla el batín y se coloca detrás de la mecedora, coge la cabeza del viejo entre las manos y le hace mirar a su alrededor, como un hábil manipulador de marionetas. Le hace asentir mientras mira a todas partes y cuando llega con la mirada hasta el arcón abierto, Pidigul le susurra al oído, sonríe y desaparece tras la mecedora como si lo tragaran las sombras. El viejo parece resucitar de un longevo letargo y sus manos se aferran primero a los brazos del asiento, para luego empezar a respirar con fuerza como si regresara de la misma muerte, se calma poco a poco y comienza a hablar, sin dejar de mirar la estatua rota.)
Viejo: Corre... vestigio de niño, corre... aléjate ahora... de la sangre de yeso de mi memoria... (Se lleva las manos a la cabeza, se toca la calva, se mesa la barba, algunos pelos blancos y largos se quedan en sus manos, los mira... sonríe...) Me queda mirarte... entre los recuerdos anillados... ancla de lo que pretendo mantener... ¿Qué pretendo? Ah, quién sabe (Casi para sí mismo en un susurro) ah, quién sabe... (Pausa, en tono normal) Tú sí lo recuerdas ¿verdad? (Impaciente, pero sin elevar la voz) Dime qué pasó, qué pasó antes de hoy, antes de ayer, antes del tiempo... vigilante, vigilante muerto... ¿Dónde te escondes?
Repentinamente se oscurece la sala, la mecedora comienza a moverse con su ruido particular; el viejo llora en silencio con la cabeza hundida entre las manos. Una luz aparece tras la mecedora, una lámpara de aceite, o un candelabro o quizás una de aquellas lámparas de capuchón acristaladas de antaño. Pidigul la lleva en la mano y es Pidigul quien mece al anciano en su reducido trono de madera mientras tararea, casi como una nana, una salmodia.
Pidigul: Retorcido, retorcido,
ya ha pasado el encuentro...
desecado, desecado,
tarde, lejos, la penumbra...
marchito, marchito...
Estatuas de memoria...
Ojos siempre fijos...
¿Dónde los buscas, dónde?
Ya los encontraste...
¿No lo recuerdas?
Pidigul sonríe tras las luces, mostrando una sonrisa cruel, de un soplido deja todo a oscuras de nuevo. Todo queda en silencio, la mecedora poco a poco ha dejado de hacer ruido y vuelve la media luz de la habitación. El anciano duerme, al parecer profundamente, de fondo se escucha un portazo y unos pasos presurosos se acercan. Un niño lleva debajo del brazo una réplica de un Pierrot, extrañamente parecido a Pidigul en su vestimenta. El pequeño sale por la derecha de la mecedora y tras mirar por todas partes se fija en la cabeza de la estatua, aun no ha mirado al anciano. Toca la cabeza y juega con ella, la coge y deja caer a su muñeco en el suelo entre los trozos de la estatua destrozada. Entonces se da la vuelta, mira al anciano. Se acerca a la mecedora con la testuz de yeso y deposita la cabeza en el regazo del hombre. No lo vuelve a mirar, sale corriendo por la izquierda de la mecedora. El muñeco queda en el suelo. Las luces vuelven a apagarse, todo oscuro y en silencio.
Voz: (Como hablando con alguien, se escuchan risas infantiles como respuesta a cada pregunta) ¿Dónde estoy? (Inquiriendo) ¿Dónde me llevas?
Voz de niño: Ya lo sabes... siempre lo has sabido. (Risas más discretas de fondo).
Voces de niños: (A coro) Recordar las respuestas, recordar las respuestas... (Risas y pasos rápidos.)
Suena la mecedora de nuevo, una luz la ilumina vacía, sobre ella una cabeza de yeso y un muñeco.
Voz: Sí, siempre estuvo ahí.
Pidigul: Sólo necesitabas buscar, viejo.
Voz: Lo siento.
Pidigul: Está todo olvidado.
Voz: ¿Sí?
Pidigul: (Tarareando)
Todo el tiempo del mundo,
todo el tiempo...
viejo camarada, viejo...
los sueños nunca se olvidan.
Telón.